UN BUEN PADRE VALE POR CIEN MAESTROS

Mi marido y yo nos llevamos casi trece años. Y tengo que admitir que siempre tuve un poco de miedo a ir demasiado deprisa. Pero llegó un momento que me paré a pensar y vi que él era el que tenía que ser. Así que hoy le quiero dedicar este post, ya que esta semana ha sido el día del padre. Y aunque sé que esto hay que celebrarlo todos los días, siempre va bien que hayan fechas especiales que nos lo recuerden. Para por ejemplo, reflexionar.

Decirle que estamos agradecidos de que esté a nuestro lado. De que nos haya escogido como familia. De que sea tan guapo, listo, apuesto y moderno. Darle las gracias por ser un marido 10. Porque me empuja a soñar y a avisarme cuando me paso de frenada, porque me discute las cosas cuando me pongo cabezona. Porque simplemente me hace feliz y porque entiende que mi forma de demostrarle cariño es especial.

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Y sobre todo, por empujarme a ser madre. Sí, él tenía unas ganas locas de ser padre. Y yo tenía un poco de miedo. Pero lo veía tan decidido… que nada de eso de que la paternidad le vendría grande se interpuso en mi camino. Y superó todas las expectativas. Sí, realmente es un padre 10. Pero no porque sí. Lo digo en serio. Y es que él SIEMPRE está. Sí, no sólo aparece perfecto en las fotos de Instagram. Mi marido fue quien se guardó los 15 días de la boda para estar al lado de su hijo en el momento de nacer. Mi marido se despertó en cada toma nocturna. Mi marido es mi papapanda preferido. Mi marido está todas las tardes con su hijo cuando vuelve de trabajar (y ha dejado de hacer muchas de sus actividades). Mi marido está con nosotros todos y cada uno de los minutos de los fines de semana (¡el pobre ya no puede ni tocar el saxo!). Mi marido portea desde el primer día, y le gusta dormir con su bebé (y yo babeo a litros). En resumen, él está SIEMPRE. Y de verdad.

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Y eso, evidentemente, no quiere decir que sea el único marido y padre 10. Pero simplemente es lo que hace. Ser mi marido y el padre de mi hijo. Así que sí, benditos padres perfectos. Los que nos ayudan, los que nos cocinan, los que reciben nuestro cansancio, agotamiento y penas. Los que nos hacen sentir mejor porque están SIEMPRE a nuestro lado. Los que nos salvaron de los meses oscuros del postparto. Los que juegan hasta altas horas de la noche con sus cachorros, los que cantan con ellos, bailan, hacen música, hablan, leen cuentos… y tienen una respuesta preciosa de sus bebés: se abrazan todo el día, se dan besos, corren a encontrarse cuando están sin verse, juegan a llamarse por teléfono…

Y aunque convertirse en padres es duro, como pareja te hace cambiar y ya no estás tan juntito físicamente (es más espiritual, más de miradas, más penetrante), criar a un hijo, hacer algo tan maravillosamente grande, parece mágico.

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